Le pedí a Dios que no sólo fuera fuerte por fuera, sino también por dentro…

Yo tenía una gran ilusión, desde siempre: casarme y ser madre de familia. Cuando me preguntaban, de pequeña, cuál era el sueño de mi vida, respondía sin parpadear: “casarme y tener muchos hijos”. Punto. Estudié Periodismo y ejercí durante un tiempo: viajé mucho, visité campos de refugiados, hablé con personalidades diversas, y eso me dio una visión muy amplia de Honduras; y me casé muy jovencita, en 1971, con el gran deseo de formar una familia numerosa.

Pero los hijos tardaron en venir… y después de nuestra primera hija, durante once años, perdí cuatro hijos antes de que llegaran a nacer.

Es, quizá, uno de los vacíos más grandes que puede sentir una madre. ¡Con qué ilusión se desea un hijo! Es algo indescriptible; y esa esperanza inmensa se queda truncada, sin explicación alguna, de repente: hoy estás embarazada y mañana en la habitación de un hospital, con suero.

Otra ilusión perdida…

Sin embargo, sabes que Dios está ahí, en ese suceso incomprensible; y sabes que el niño está en algún lado, aunque no lo entiendas, aunque no haya habido tiempo de bautizarlo. Uno de mis sueños es encontrarme al llegar al Cielo –si Dios quiere– con estos cuatro hijos…

No pienso en ellos siempre, pero de vez en cuando sí. Les puse nombre a todos, porque eso me ayuda a rezar por ellos. En mi mente tengo a tres varones, Felipe, Diego y Javier; y una niña, Cristina. No sé por qué le puse esos nombres; pero me los imagino perfectamente, y los llevo en el corazón…

En esta situación fuimos a Roma y estuvimos con Pablo VI. Mi madre se le acercó al oído y le dijo que rezara por mí, porque tenía un problema de esterilidad. El Papa me agarró la mano y me dijo: “No te preocupes, el niño vendrá”. Entonces mi marido le aseguró: “Si algún día tengo un hijo varón se llamará Pablo”. Y Pablo le pusimos cuando nació.

Lo mismo me pasó cuando visité a don Álvaro en Roma, años más tarde. Yo había pedido hacía poco tiempo la admisión en el Opus Dei y estábamos comenzando en Honduras. Mi marido aún no era del Opus Dei.

Don Álvaro, al verle, le abrazó sonriendo: “a ti también te quiero mucho”, le dijo, y nos comentó que había rezado por nosotros. “¡Ah, entonces pidió para que yo tenga otro hijo!”, le dije yo. “¡Pero si ya tienes uno!”, me dijo don Álvaro. “Sí, Padre, tengo uno; pero yo quiero otro más, y quiero que sea varón”. Y le pedí que me explicara el dolor de los inocentes. Me dijo que Dios no pierde nunca batallas, que el mal nunca va a triunfar sobre el bien, y me animó a aceptar tantas cosas que no se entienden… Y cuando nos despedíamos me aseguró, de pronto:

–Hija, no te preocupes: tendrás tu hijo varón. Un niño fuerte, fuerte.

Yo me quedé consolada… pero no convencida. Supuse que era una frase más de estímulo y de aliento. “Qué bonito que me lo dijo –pensé–, aunque no vaya a ser verdad”. Pasó un tiempo y quedé embarazada. Quizás fue la prueba de fe más grande que he tenido en mi vida, porque creía que iba a tener ese hijo; pero lo perdí…

Esa pérdida me costó mucho más que las otras, porque con los años se va haciendo cada vez menos posible… Poco después acompañé a mi marido durante un viaje de negocios a

Colombia. Estaba un poco tristona. Allí hablé con una mujer que dirigía un programa cultural en la televisión, con temas vivos relacionados con la familia. Cuando supe que era del Opus Dei le pedí que me contara su experiencia, porque yo quería hacer algo parecido en Honduras… Y hablando, hablando, le pregunté cuántos hijos tenía. “No tengo”, me dijo. Y me contó que había estado en

Roma, con don Álvaro. –¿Cómo? –le pregunté–. ¿Y no le has preguntado nada de esto?

–Sí; pero don Álvaro me aconsejó que yo, como Jesús en Getsemaní, debía aprender a llevar la Cruz.

Entonces tuve la certeza absoluta de que a mí don Álvaro no me consoló cuando estuve en

Roma, porque más consuelo necesitaba ella… y cuando nos volvíamos en avión le iba diciendo a mi marido: “Vamos a tener un hijo varón. ¡Estoy segura!”. Y aunque el avión se movía muchísimo, ¡con el miedo que me dan a mí esos aparatos!, venía tranquila. “¡Este avión no se cae –decía riéndome–, porque voy a tener un hijo varón!”.

Es muy difícil explicar estas cosas donde se ve la mano de Dios… Pero el caso es que al mes yo estaba embarazada, y para desagraviar mi incredulidad anterior, hice un acto de fe y compré ropa de varón. No era una obsesión: era una certeza grande en las palabras de don Álvaro.

Y tuve un hijo fuerte, fuerte, como me había dicho: grande, sano, hermosote… y cuando don Álvaro pasó cerca de Honduras, durante uno de sus viajes, se lo llevé para que lo conociera. El niño tenía entonces nueve meses. “Usted me dijo que iba a nacer… –le recordé– ¡y aquí está!”. Lo bendijo y le pedí a Dios que no sólo fuera fuerte por fuera, sino también por dentro…

 De: “Un Mar Sin Orillas” de Antonio Rodriguez Pedrazuela