Ha valido la pena..

En punto de las 5 de la mañana, hora de México, las 12 horas en Madrid, dio comienzo de la Santa Misa de beatificación del Don Álvaro de Portillo que ha congregado a más de 200 mil personas en las afueras de la capital española. El retablo, con una hermosa imagen de la Virgen de la Amudena, que seguro habría despertado en Don Álvaro mucho cariño, además de ser la patrona de la gran ciudad. Ceremonia llena de enorme cariño de demostraron, tanto los celebrantes, como los participantes venidos de todos los rincones del mundo. Unos cuantos discursos donde se resaltaban las virtudes del beato. De la carta de Papa a Don Javier Echavarria con motivo de la beatificación:
beatificacion

La beatificación del siervo de Dios Álvaro del Portillo, colaborador fiel y primer sucesor de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei, representa un momento de especial alegría para todos los fieles de esa Prelatura, así como también para ti, que durante tanto tiempo fuiste testigo de su amor a Dios y a los demás, de su fidelidad a la Iglesia y a su vocación. También yo deseo unirme a vuestra alegría y dar gracias a Dios que embellece el rostro de la Iglesia con la santidad de sus hijos.1

Ayer apenas, mencionaba que su “gran virtud” había sido la fidelidad; hoy me queda claro que fue la humildad la que lo hizo beato.

Me gusta recordar la jaculatoria que el siervo de Dios solía repetir con frecuencia, especialmente en las celebraciones y aniversarios personales: «¡gracias, perdón, ayúdame más!». Son palabras que nos acercan a la realidad de su vida interior y su trato con el Señor, y que pueden ayudarnos también a nosotros a dar un nuevo impulso a nuestra propia vida cristiana.(ídem)
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1 Carta del Papa Francisco a Don Javier Echevarria

Para levantarse a las 4 de la mañana éste próximo sábado 27 de septiembre…

Justo a esa hora dará inicio la Santa Misa donde será beatificado Don Álvaro de Portillo, Misa que se celebrará en Madrid.

don alvaro

Monseñor Álvaro del Portillo nació en Madrid (España) el 11 de marzo de 1914, de madre mexicana, tercero de ocho hermanos, de una familia cristiana. Era doctor Ingeniero en Caminos y Doctor en Filosofía y Derecho Canónico.

Hay, afortunadamente, mucha información sobre su vida y su trabajo, que resultó fundamental, en las diversas Comisiones en las que trabajo durante el Concilio Vaticano II. Pero lo que marcó su vida, sin duda, fue haber trabajado a lado del San Josemaría, fundador del Opus Dei, desde muy joven y ser su primer sucesor. Sin duda habrá muchas virtudes que supo vivir Don Álvaro, solo me quedo, por lo pronto, con una de ellas: su fidelidad; fidelidad a lo que Dios le pedía. Total, absoluta, sin miramientos. Un hombre entregado a cumplir con su “encargo” como debe ser…porque vale la pena…

Para leer y conocer más a Don Álvaro: http://www.opusdei.org/es/article/biografia-de-don-alvaro-del-portillo/

Pobreza no es miseria, y mucho menos suciedad…

Es éste un tema en el que querría detenerme un poco, porque no siempre se predica hoy la pobreza de modo que su mensaje llegue a la vida. Sin duda con buena voluntad, pero sin haber captado del todo el sentido de los tiempos, hay quienes predican una pobreza fruto de una elucubración intelectual, que tiene ciertos aparatosos signos exteriores y simultáneamente enormes deficiencias interiores y a veces también externas. Haciéndome eco de una expresión del profeta Isaías -discite benefacere (1, 17)-, me gusta decir que hay que aprender a vivir toda virtud, y quizá muy especialmente la pobreza. Hay que aprender a vivirla, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. Hay que hacer ver que la pobreza es invitación que el Señor dirige a cada cristiano, y que es -por tanto- llamada concreta que debe informar toda la vida de la humanidad.
Pobreza no es miseria, y mucho menos suciedad. En primer lugar, porque lo que define al cristiano no son tanto las condiciones exteriores de su existencia, cuanto la actitud de su corazón. Pero además, y aquí nos acercamos a un
punto muy importante del que depende una recta comprensión de la vocación laical, porque la pobreza no se define por la simple renuncia. En determinadas ocasiones el testimonio de pobreza que a los cristianos se pide puede ser el de abandonarlo todo, el de enfrentarse con un ambiente que no tiene otros horizontes que los del bienestar material, y proclamar así, con un gesto estentóreo, que nada es bueno si se lo prefiere a Dios. Pero ¹es ése el testimonio que de ordinario pide hoy la Iglesia? ¹No es verdad que exige que se dé también testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres?
A veces se reflexiona sobre la pobreza cristiana, teniendo como principal punto de referencia a los religiosos, de los que es propio dar siempre y en todo lugar un testimonio público, oficial: y se corre el riesgo de no advertir el carácter específico de un testimonio laical, dado desde dentro, con la sencillez de lo ordinario.
Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque -hecha de cosas concretas-, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades. Lograr la síntesis entre esos dos aspectos es -en buena parte- cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide. No quiero, pues, dar reglas fijas, aunque sí unas orientaciones generales, refiriéndome especialmente a las madres de familia.
Sacrificio: ahí está en gran parte la realidad de la pobreza. Es saber prescindir de lo superfluo, medido no tanto por reglas teóricas cuando según esa voz interior, que nos advierte que se está infiltrando el egoísmo o la comodidad indebida. Confort, en su sentido positivo, no es lujo ni voluptuosidad, sino hacer la vida agradable a la propia familia, y a los demás, para que todos puedan servir mejor a Dios.
La pobreza está en encontrarse verdaderamente desprendido de las cosas terrenas; en llevar con alegría las incomodidades, si las hay, o la falta de medios. Es además saber tener todo el día cogido por un horario elástico, en el que no falte como tiempo principal -además de las normas diarias de piedad- el debido descanso, la tertulia familiar, la lectura, el rato dedicado a una afición de arte, de literatura o de otra distracción noble: llenando las horas con una tarea útil, haciendo las cosas lo mejor posible, viviendo los pequeños detalles de orden, de puntualidad, de buen humor. En una palabra, encontrando lugar para el servicio de los demás y para sí misma: sin olvidar que todos los hombres, todas las mujeres -y no sólo los materialmente pobres- tienen obligación de trabajar: la riqueza, la situación de desahogo económico es una señal de que es está mas obligado a sentir la responsabilidad de la sociedad entera.
El amor es lo que da sentido al sacrificio. Toda madre sabe bien qué es sacrificarse por sus hijos: no está sólo en concederles unas horas, sino en gastar en su beneficio toda la vida. Vivir pensando en los demás, usar de las cosas de tal manera que haya algo que ofrecer a los otros: todo eso son dimensiones de la pobreza, que garantizan el desprendimiento efectivo.
Para una madre es importante no sólo vivir así, sino también enseñar a vivir así a sus hijos: educarles, fomentando en ellos la fe, la esperanza optimista y la caridad; enseñarles a superar el egoísmo y a emplear parte de su tiempo con generosidad en servicio de los menos afortunados, participando en tareas, adecuadas a su edad, en las que se ponga de manifiesto un afán de solidaridad humana y divina.
Para resumir: que cada uno viva cumpliendo su vocación. Para mí, el mejor modelo de pobreza han sido siempre esos padres y esas madres de familia numerosa y pobre, que se desviven por sus hijos, y que con su esfuerzo y su constancia -muchas veces sin voz para decir a nadie que sufren necesidades- sacan adelante a los suyos, creando un hogar alegre en el que todos aprenden a amar, a servir, a trabajar.

Fuente: Conversaciones con Monseñor Josemaria Escribá de Balaguer

El conflicto entre generaciones…

Continuando con la vida familiar, quisiera ahora centrar mi pregunta en la educación de los hijos, y en las relaciones entre padres e hijos. El cambio de la situación familiar en nuestros días lleva, algunas veces, a que el entendimiento mutuo no sea fácil, e incluso a la incomprensión, dándose lo que se ha llamado conflicto entre generaciones. ¹Cómo puede superarse esto?.

El problema es antiguo, aunque quizá puede plantearse ahora con más frecuencia o de forma más aguda, por la rápida evolución que caracteriza a la sociedad actual. Es perfectamente comprensible y natural que los jóvenes y los mayores vean las cosas de modo distinto: ha ocurrido siempre. Lo sorprendente sería que un adolescente pensara de la misma manera que una persona madura. Todos hemos sentido movimientos de rebeldía hacia nuestros mayores, cuando comenzábamos a formar con autonomía nuestro criterio; y todos también, al correr de los años, hemos comprendido que nuestros padres tenían razón en tantas cosas, que eran fruto de su experiencia y de su cariño. Por eso corresponde en primer término a los padres -que ya han pasado por ese trance- facilitar el entendimiento, con flexibilidad, con espíritu jovial, evitando con amor inteligente esos posibles conflictos.
Aconsejo siempre a los padres que procuren hacerse amigos de sus hijos. Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos. Los chicos -aun los que parecen más díscolos y despegados- desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal. Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se averguencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre.
Esa amistad de que hablo, ese saber ponerse al nivel de los hijos, facilitándoles que hablen confiadamente de sus pequeños problemas, hace posible algo que me parece de gran importancia: que sean los padres quienes den a conocer a sus hijos el origen de la vida, de un modo gradual, acomodándose a su mentalidad y a su capacidad de comprender, anticipándose ligeramente a su natural curiosidad; hay que evitar que rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo -que es en sí mismo noble y santo- de una mala confidencia de un amigo o de una amiga. Esto mismo suele ser un paso importante en ese afianzamiento de la amistad entre padres e hijos, impidiendo una separación en el mismo despertar de la vida moral.
Por otra parte, los padres han de procurar también mantener el corazón joven, para que les sea más fácil recibir con simpatía las aspiraciones nobles e incluso las extravagancias de los chicos. La vida cambia, y hay muchas cosas nuevas que quizá no nos gusten -hasta es posible que no sean objetivamente mejores que otras de antes-, pero que no son malas: son simplemente otros modos de vivir, sin más trascendencia. En no pocas ocasiones, los conflictos
aparecen porque se da importancia a pequeñeces, que se superan con un poco de perspectiva y de sentido del humor.
Pero no todo depende de los padres. Los hijos han de poner también algo de su parte. La juventud ha tenido siempre una gran capacidad de entusiasmo por todas las cosas grandes, por los ideales elevados, por todo lo que es auténtico. Conviene ayudarles a que comprendan la hermosura sencilla -tal vez muy callada, siempre revestida de naturalidad- que hay en la vida de sus padres; que se den cuenta, sin hacerlo pesar, del sacrificio que han hecho por ellos, de su abnegación -muchas veces heroica- para sacar adelante la familia. Y que aprendan también los hijos a no dramatizar, a no representar el papel de incomprendidos; que no olviden que estarán siempre en deuda con sus padres, y que su correspondencia -nunca podrán pagar lo que deben- ha de estar hecha de veneración, de cariño agradecido, filial.

De libro Conversaciones con Josémaría Escriba de Balaguer

El muro de las estaturas

En un muro, detrás de la cocina, sucedió, como todas las cosas bellas de este mundo; uno de los nietos se colocó ahí y alguien, debió ser alguno de sus padres, pinto una raya marcado la estatura del pequeño, tuvo la precaución de anotar la fecha. Después llegó otro e hizo lo mismo y otro y la operación se repitió por años… El muro tiene la historia de cómo fueron creciendo los nietos. Muchas veces nos sorprendemos al ver, de que un año a otro, era enorme la distancia en alguno de ellos. A esa edad a los niños se “les oye” crecer. A la velocidad con que crecen van dejando ropa y zapatos; no alcanzan a destruirse porque proceso de crecimiento es mayor que el uso que les dan a las cosas.
Ahí tenemos, en ese muro, una bella estampa de cómo los bebes se fueron haciendose niños y los niños en jóvenes. Ya mayores, casi no crecen y ya mayores no quieren posar en ese muro.
Los abuelos no dejamos de ver el muro, que no se pinta respetando la historia del crecimiento de los nietos, con cierta nostalgia; acabamos diciendo casi siempre…”como se pasa el tiempo…sí parece que fue ayer” Y nos queda el gusto, el enorme gusto de irlos viendo (oyendo) crecer y hacerse hombrecitos y mujercitas…para nosotros… todos bellos. Y verlos, también crecer, en sus personas, nos admira como van definiendo su carácter, se van formado y empiezan aparecer los síntomas de la adolescencia y los vamos dejando de ver; ellos empiezan a buscar el lugar que les corresponde en esta vida…se les ve correr…llenos de ilusiones, felices. Todos “unos soles”.
Hacemos votos y damos lo mejor de nosotros mismos para que sigan creciendo como hombres y mujeres de bien y sepan enfrentarse a la vida y tengan muchos éxitos y sean muy felices y también lo hacemos para que, de vez en cuando vengan a la casa de los abuelos y pinten su raya en el muro detrás de la cocina.
LFGN

LA MUJER EN LA VIDA DEL MUNDO Y DE LA IGLESIA

Cada vez es mayor la presencia de la mujer en la vida social, más allá del ámbito familiar, en el que casi exclusivamente se había movido hasta ahora. ¿Qué le parece esta evolución? Y cuáles son, a su entender, los rasgos generales que la mujer ha de alcanzar para cumplir la misión que le está asignada?1

En primer término, me parece oportuno no contraponer esos dos ámbitos que acabas de mencionar. Lo mismo que en la vida del hombre, pero con matices muy peculiares, el hogar y la familia ocuparán siempre un puesto central en la vida de la mujer: es evidente que la dedicación a las tareas familiares supone una gran función humana y cristiana. Sin embargo, esto no excluye la posibilidad de ocuparse en otras labores profesionales -la del hogar también lo es-, en cualquiera de los oficios y empleos nobles que hay en la sociedad, en que se vive. Se comprende bien lo que se quiere manifestar al plantear así el problema; pero pienso que insistir en la contraposición sistemática -cambiando sólo el acento- llevaría fácilmente, desde el punto de vista social, a una equivocación mayor que la que se trata de corregir, porque sería más grave que la mujer abandonase la labor con los suyos.
Tampoco en el plano personal se puede afirmar unilateralmente que la mujer haya de alcanzar su perfección sólo fuera del hogar: como si el tiempo dedicado a su familia fuese un tiempo robado al desarrollo y a la madurez de su personalidad. El hogar -cualquiera que sea, porque también la mujer soltera ha de tener un hogar- es un ámbito particularmente propicio para el crecimiento de la personalidad. La atención prestada a su familia será siempre para la mujer su mayor dignidad: en el cuidado de su marido y de sus hijos o, para hablar en términos más generales, en su trabajo por crear en torno suyo un ambiente acogedor y formativo, la mujer cumple lo más insustituible de su misión y, en consecuencia, puede alcanzar ahí su perfección personal.

Como acabo de decir, eso no se opone a la participación en otros aspectos de la vida social y aun de la política, por ejemplo. También en esos sectores puede dar la mujer una valiosa contribución, como persona, y siempre con las peculiares de su condición femenina; y lo hará así en la medida en que esté humana y profesionalmente preparada. Es claro que, tanto la familia como la sociedad, necesitan esa aportación especial, que no es de ningún modo secundaria.

Desarrollo, madurez, emancipación de la mujer, no deben significar una pretensión de igualdad -de uniformidad- con el hombre, una imitación del modo varonil de actuar: eso no sería un logro, sería una pérdida para la mujer: no porque sea más, o menos que el hombre, sino porque es distinta. En un plano esencial -que ha de tener su reconocimiento jurídico, tanto en el derecho civil como en el eclesiástico- sí puede hablarse de igualdad de derechos, porque la mujer tiene, exactamente igual que el hombre, la dignidad de persona y de hija de Dios. Pero a partir de esa igualdad fundamental, cada uno debe alcanzar lo que le es propio; y en este plano, emancipación es tanto como decir posibilidad real de desarrollar plenamente las propias virtualidades: las que tiene en su singularidad, y las que tiene como mujer. La igualdad ante el 87 derecho, la igualdad de oportunidades ante la ley, no suprime sino que presupone y promueve esa diversidad, que es riqueza para todos. La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad… La feminidad no es auténtica si no advierte la hermosura de esa aportación insustituible, y no la incorpora a la propia vida.

Para cumplir esa misión, la mujer ha de desarrollar su propia personalidad, sin dejarse llevar de un ingenuo espíritu de imitación que -en general- la situaría fácilmente en un plano de inferioridad y dejaría incumplidas sus posibilidades más originales. Si se forma bien, con autonomía personal, con autenticidad, realizará eficazmente su labor, la misión a la que se siente llamada, cualquiera que sea: su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no sólo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve.
1″Entrevista realizada por Pilar Salcedo a Josemaría Escriba de Balaguer. Publicada en Telva (Madrid), el 1-II-1968 y reproducida en Mundo Cristiano (Madrid) el 1-III-1968.