Las tortugas a la mar…

Éramos unas 30 personas, la mayoría adultos, a las 7:30 en punto, a la orilla del mar. La tarde se convertía en noche, el sol se había ocultado hacia rato. La tarde tibia, después de un día con mucho calor, que nos hizo sudar la gota gorda. Se acercó el guardia, un joven de apenas unos 25 años con una enorme cubeta con asas de cuerda. En ella 17 tesoros; esta vez solo había 17 tortuguitas, tan pequeñas que cabían en las palmas de las manos de los niños más pequeños. Fueron ellos lo afortunados de tener una entre sus manos. Les pedía que las sostuvieran con el índice y el pulgar apretando su concha y su barriga. Se les veía en los ojos la ilusión de tener en sus manos un “juguete vivo”. A los mayores nos sobrecogía el momento, sabedores de lo que esto implicaba…todos sabíamos que muy pocas, quizás ninguna, de este pequeño grupo de 17, sobreviviría a sus depredadores. A una señal, después de pintar con su pie una raya en la arena, les pidió que a la de tres… las pusieran en la arena a las tortuguitas…qué momento…qué alegría la de todos. A más de un adulto, se le hizo un nudo en la garganta. Tan pequeñas, tan indefensas, seguramente ciegas, por pequeñas y por lo oscuro ya de la tarde noche, las vimos mover agitadamente sus manitas y patitas rumbo al océano…frente aquella mole inmensa de agua las vimos, una tras otra, soportar la primera y la segunda olita que llegaba a la playa. Cómo nos hubiera dado gusto ver más tortuguitas, qué milagro más tierno ante el impetuoso mar que pareciera que devora todo; esta vez solo acarició a las 17 tortuguitas y las llevo a su seno.